
CARBONDALE, Colorado. El viernes asistí junto a mi familia a Cuando bailemos de nuevo, la más reciente producción de
2026 Women’s VOICES Theater Project
y salimos del teatro con esa sensación de plenitud que dejan las obras que logran tocar algo profundo: silencio, suspiros y lágrimas exquisitamente incómodas.
La puesta en escena, dirigida por la experimentada Jennifer Hughes y presentada por la organización Voices RFV en el Thunder River Theatre Company, es una obra llena de fuerza femenina. De esa que encanta y estremece. A través de distintas historias y formatos, las actrices exploran temas universales como el amor maternal, la muerte, la adaptación, la migración emocional, el significado de ser mujer, la inmigración, la lucha contra los prejuicios y la búsqueda de identidad.
La obra abrió con la historia de Mónica, en un monólogo profundo y músical, acerca del amor y el recuerdo, donde nos llevo a pasear por lugares físicos, culturales y familiares, que nos pusieron a tono para sentirnos en casa, como quien llega a casa de la abuela y se prepara para escuchar las mejores hitorias. Luego apareció Nuni o Natalie o Nour, según la etapa de su vida de quien estemos hablando, con una historia autobiográfica que nos llevó a preguntas como la identidad o heridas como el 11 de septiembre y la estigmatización que esto causó en comunidades con decendencia árabe.
Luego, las lágrimas comenzaron a fluir colectivamente con Nina y la profundamente emotiva crónica de los últimos días con su madre, en la cual nos compartió las últimas fotos y videos con ella, incluyendo el video en el que su madre, en su lecho de muerte se despide dulcemente.
¿Qué puede ser más emocional que eso?
Después Ashley nos compartió valientemente su viaje personal por encontrarse, su lucha por ser mujer, ser mamá y todo con una sinceridad y templanza que el público apreció.
De ahí pasamos al aspecto más estéticamente bello de la obra: la secuencia de la artista Brittany Crooke, con mensajes de voz de whatsapp entre ella y su mamá, títeres visuales (siluetas artesanales manipuladas en tiempo real por la artista y proyectadas por en la pantalla por un proyector), junto con danza y mímica, que transformó el escenario en algo casi onírico, delicado y dulcemente humano al mismo tiempo. Una de las danzas y proyecciones de sombra sobre materninad, vida, muerte y fuerza más hermosas que he visto.
Cerraron con Indhira y un ensayo teatral sobre las raíces prehispánicas, el mestizaje, la inmigración y las heridas y traumas de la conquista española, que es un tema recurrente hasta la fecha en la cultura mexicana que siempre genera polémica y que emocionó a gran parte de la audiencia por la fuerza con que lo actuó y presentó su creadora, de la mano de sus colegas.
Como suele suceder con las producciones de Voices, la obra no decepciona. Hay una sensibilidad artística muy particular en la manera en que esta organización convierte experiencias personales en conversaciones colectivas.
La producción se presentó únicamente este fin de semana, con funciones viernes, sábado y domingo. Al finalizar la función del viernes se llevó a cabo un panel de conversación con la directora y las actrices, moderado por la psicóloga y comunicadora Iliana Rentería, quien facilitó una charla cercana y emotiva sobre los temas abordados en escena, con una serie de preguntas artesanalmente diseñadas, que encantaron al panel de artistas y a la audiencia.
Este año, además, Voices, como lo mencionó la directora de la organización, Mintze Wu celebra 10 años como organización non profit en el Roaring Fork Valley. Durante una década, el grupo ha trabajado precisamente en lo que su nombre promete: dar voz a minorías y comunidades que muchas veces no encuentran espacios tradicionales para contar sus historias.
Y después de ver Cuando bailemos de nuevo, queda claro por qué Voices sigue siendo una de las propuestas culturales más humanas y necesarias de nuestro valle.
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